La 42 de Don Alejandro

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La 42 de Don Alejandro

Mensaje  Admin el Miér Abr 09, 2008 6:46 pm

Hubo una tarde en el barrio Loma Verde en que el cielo se puso gris verdoso, y a las 5 de la tarde de aquel verano ardiente del ’85, el viento del sudeste presagiaba una tormenta como pocas. Fermín, que miraba el cielo desde la vereda, entró corriendo a la casa, gritando: “¡Pá, se viene tormenta y la cupé está afuera! La cupé era una Ford 42 dorada, reluciente, era el tesoro de Don Alejandro, el padre de Fermín. Cada vez que llovía, Don Alejandro secaba el auto antes de guardarlo en el garaje; lo cuidaba tanto como a sus hijos, prodigándole los mejores cuidados. Don Alejandro había comprado la cupé allá por el año ‘73, cuando cobró una suma interesante a raíz de un accidente sufrido en la fábrica, en el que perdió tres dedos de su mano derecha. Nunca había tenido auto, porque no estaba dentro de sus posibilidades económicas, pero ante la oportunidad, no dudó un instante: él quería una cupé Ford 42.
La mujer de Don Alejandro puso el grito en el cielo, cuando se enteró de la noticia. “¡¡Pero Alejandro… -le decía- es un auto de 30 años!! ¡¡Mejor comprá un Falcon, o un Torino, pero eso que querés comprar es un auto viejo!! Pero al fin, luego de sentarla en la cocina y tomar juntos unos mates, Don Alejandro pudo convencerla. “Sabés que pasa, Gorda… mi viejo tuvo una 42, con la que yo empecé a conocer los autos. Con esa cupé nos recorrimos todo el país, y el día que se la afanaron, me prometí a mi mismo comprar una igual, en su honor. Dejame, Gorda, dejame hacerlo…”
Apenas tuvo el dinero, Alejandro fue casi corriendo a la casa del vecino que tenía la cupé en venta, a la que nuestro amigo ya le había echado el ojo hacía bastante tiempo. “¿Cuánto pedís por la cupé?” –le preguntó al vendedor, y éste, al ver tanta ansiedad, si pensaba pedir 5.000 le pidió el doble. Y Alejandro la compró. La cupé no estaba muy bien que digamos, en ese momento. Hubo que hacerle motor a fondo, arreglarle el tapizado, pintura, cubiertas, baguetas y unas cuantas cosas extra. Pero era su sueño, y pudo cumplirlo.

El viento del sudeste se hacía sentir cada vez con más fuerza, y Fermín buscaba a su padre por el fondo de la casa. “¡¡Pá, que van a caer piedras!! –gritaba.
En ese momento, empezaron a caer piedras grandes como huevos, un granizo tupido y arrasador. Don Alejandro salió corriendo a la calle, tapándose la cabeza con un cartón, llave en mano, desesperado por guardar la cupé. En la plazoleta de enfrente de la casa, una viejita luchaba como podía contra el granizo, intentando ponerse a resguardo, pero resbaló y quedo tendida en el pasto. Don Alejandro vio a la señora y miró su auto. Y otra vez. Y cruzó a la carrera la calle, cartón en mano, para socorrer a la accidentada mujer. La protegió como pudo, con el cartón, con su cuerpo, sintiendo cómo un hilo de sangre corría por su sien a causa de una enorme piedra puntiaguda que lo había herido. Llevó a la mujer a un porche cercano, la dejó sentada en el suelo, ya protegida bajo el techo; desplazó con los dos únicos dedos de su mano la sangre que le impedía mirar con claridad, y entonces pudo ver cómo el granizo enorme estaba destrozando su cupé. Entonces lloró. Desde la vereda de enfrente, Fermín y su madre observaban la escena. Cuando el granizo cesó, Don Alejandro volvió a cruzar la calle y se quedó un largo rato acariciando el dorado abollado de su amada cupé 42. No podía para de llorar. Su mujer y su hijo lo tomaron de los brazos, lo llevaron dentro de la casa e intentaron consolarlo, elogiando su bonhomía, el hecho de haber decidido salvar a aquella mujer que había quedado expuesta al terrible granizo. No hubo caso.
Esa noche, Don Alejandro soñó con su padre, con la otra cupé, la familiar, con la suya, abollada desde el capot hasta la cola, y su padre en el sueño le decía “no te preocupes, que nada es en vano, te ganaste un milagro”, y se despertó sobresaltado. A las 4 de la mañana se levantó de un salto, fue hasta el garaje, rogando por un milagro que haga que su querida cupé vuelva a estar como antes, inmaculada. Pero nada había cambiado. Las abolladuras seguían allí, y hasta parecía que se habían reproducido. “Los milagros no existen” –se dijo. Y volvió a la cama, a recordar cuánto amor había puesto en su auto, para lograr un consuelo.
Ese día, la noticia de la hazaña de Don Alejandro corrió como reguero de pólvora por el barrio. Ya a la tarde todos estaban enterados de lo que había sucedido, y de cómo Don Alejandro había decidido sacrificar algo tan querido como su auto para salvar a una persona indefensa. Secretamente, algunos vecinos empezaron a organizar una colecta. Nadie se negó a poner algo, aunque mínimo. A los pocos días, el dinero juntado bastaba para pagar el taller de chapa y pintura. Y Don Alejandro se encontró con la sorpresa. Un mes después, la cupe 42 estaba otra vez resplandeciente, como nueva. A partir de entonces, Alejandro, antes de dormir, como siempre, besa a su querida Gorda, acaricia a su hijo Fermín y dedica un ratito para hablar con su viejo, mirando hacia arriba. Lo único que sé que le dijo alguna noche, es “gracias, viejo; tenías razón, los milagros existen”.
Lo que él no sabía, hasta entonces, es que los milagros sí existen, pero nada sucede porque sí. Hay que generarlos. Don Alejandro lo hizo.
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El milagro es cosa de todos...

Mensaje  AsdePique el Jue Abr 10, 2008 1:19 am

Los milagros ocurren son cosa de todos los dias pero lo creamos nosotros, al ceder el paso en una esquina, al dejar entrar a una dama (independiente de su edad) primero y al escuchar a otros.
Excelente al historia y espero poder participar en este foro con buenos aportes para ir generando el milagro de la comunicación.
Saludos a Todos.... Flia As!


Última edición por AsdePique el Jue Abr 10, 2008 1:20 am, editado 1 vez (Razón : error de tipeo)

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Por supuesto

Mensaje  Admin el Jue Abr 10, 2008 1:25 am

Tus aportes son bienvenidos, As. Very Happy
Ar!
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